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sábado, 11 de febrero de 2012

De estanque en calma


La gran mayoría de estudios sobre la traducción son sobre la traducción literaria. Y no me extraña, la verdad, porque desde mi punto de vista lego pocas cosas me fascinan y me aterran a la misma vez como lo hace la literaria.

El otro día, en clase de máster, una compañera dijo que ella, frente a la traducción literaria, se dedicaba a la "traducción especializada". Como si la de la literatura no lo fuera. Como si el traductor literario no tuviera que saber literatura para traducir, ni tener unas aptitudes tremendas respecto al funcionamiento de los textos -literarios-.

Porque yo les soy sincero, la lista de problemas de la literaria no acaba nunca: sobrecarga estética (estilo, connotaciones, metáforas) idiolectos (no ya de los personajes sino que antes de nada el idiolecto del autor), la diacronía, la diatopía o la diacultura que llegan cuando menos te lo esperas y salpican el texto de forma caprichosa. Al traductor literario le llueven flechas por todos los lados: por la forma, por el contenido lingüístico, por el efecto en el lector, etc.

Dicen que está mal pagada, que es la más barata y que de una patada salen cinco traductores literarios dispuestos a jugar al taumaturgo interlingüista. Y qué.

Y aun así me pregunto por la más literaria de las traducciones, la de la poesía, que Etkind (1982) califica de “sistema de conflictos”, y con razón, sobre todo si nos ponemos a pensar que, a todo lo anterior, hay que sumarle cosas como el ritmo, la rima o la métrica.

Para este traductor ruso, existen seis acercamientos a la traducción de la poesía:



Traducción-información, en prosa y sin pretensiones
Traducción-interpretación, relacionada con estudios históricos y estéticos
Traducción-alusión, donde se rimaría ya algún verso pero no habría un criterio estético claro
Traducción-aproximación, con un programa estético parcial (se traduce la métrica pero no la rima, etc.)
Traducción-imitación, cuando el traductor es poeta y se expresa libremente
Traducción-recreación, la verdadera traducción poética para el autor, donde los límites son los límites estéticos del poeta-traductor



Y aunque yo sea un pesado, sigo preguntándome por el efecto de la poesía traducida en el lector


Te recuerdo cómo eras en el último otoño.
Eras la boina gris y el corazón en calma.
En tus ojos peleaban las llamas del crepúsculo.
Y las hojas caían en el agua de tu alma.



I remember you as you were last autumn.
You were the grey beret and the still heart.
In your eyes the flames of twilight fought on.
And the leaves fell on the water of your soul.

Apegada a mis brazos como una enredadera,
las hojas recogían tu voz lenta y en calma.
Hoguera de estupor en que mi sed ardía.
Dulce jacinto azul torcido sobre mi alma.



Clasping my arms like a climbing plant
the leaves garnered your voice, that was slow and at peace.
Bonfire of awe in which my thirst was burning.
Sweet blue hyacinth twisted over my soul.



Siento viajar tus ojos y es distante el otoño:
boina gris, voz de pájaro y corazón de casa
hacia donde emigraban mis profundos anhelos
y caían mis besos alegres como brasas.



I feel your eyes traveling, and the autumn is far off:
grey beret, voice of bird, heart like a house,
towards which my deep longings migrated
and my kisses fell, happy as embers.



Cielo desde un navío. Campo desde los cerros.
Tu recuerdo es de luz, de humo, de estanque en calma!
Más allá de tus ojos ardían los crepúsculos.
Hojas secas de otoño giraban en tu alma.



Sky from a ship, Field from the hills:
Your memory is made of light, of smoke, of a still pond!
Beyond your eyes, farther on, the evenings were blazing.
Dry autumn leaves revolved in your soul.





Y aunque puedo argumentar que sí, que todo se traduce en esta vida, sigo pensando que hay algo, el espíritu del idioma o algo, que nunca podrá traducirse, porque el otoño de Chile, y con él sus hojas secas, girarán de otra forma en otros otoños o en otras almas. Porque las imágenes del poeta se mantienen: la mujer sigue siendo sosegada en inglés “boina gris”, “still heart”, “tu voz lenta y en calma”; y la tensión erótica es la misma “apegada a mis brazos” “my thirst was burning”.

La primera y la cuarta estrofa, a izquierda y a derecha, hablan desde el presente. La segunda se dedica a ella; la tercera, al poeta. Y sin embargo el poema.

Admiro mucho a los traductores literarios, no sé. Sus traducciones, al revés que las mías, están vivas. No tienen la precisión de un bisturí ni de un manual; no llevan una armadura de latinismos y disposiciones, ni van envueltas de frases de ocho líneas. No llevan treinta y siete caracteres ni entienden que el significado pueda tener las vallas de una pantalla.

Las traducciones literarias están vivas, son orgánicas, como las leyes, aunque las primeras te hagan volar y las segundas te traigan de vuelta a la tierra. Las traducciones literarias viven entre nosotros y rezuman nuestros hablares y, cuando las siguientes generaciones las toman, desprenden el olor a naftalina de los traductores que en su día ofrecían su producto fresco en librerías varias.

Admiro a los traductores literarios porque de no haber sido por ellos, los de antes y los de más antes, yo no habría estudiado traducción.

miércoles, 19 de enero de 2011

Otra de fantasmas

Señoras, seguimos con esto de los fantasmas y la traducción.

Al parecer, W. F. Jackson Knight, traductor al inglés de Virgilio, afirmaba rotundamente que sus traducciones habían sido dictadas directamente por el espíritu nocturno del poeta romano.


No haré más comentarios




jueves, 6 de enero de 2011

Oro, incienso, mirra y una edición bilingüe

Antes que nada: ¡FELIZ AÑO 2011! Dicen que «año nuevo, vida nueva»; así que me van a permitir subirme, de nuevo, al carro de este blog. Les pido sean benévolos con mis posts que aún no tienen el rodaje de los de Rob*.

Como este año he sido una niña buena, los Reyes han llegado cargaditos de regalos y vengo a contarles sobre uno de los que más ilusión me ha hecho. Se trata de una edición bilingüe del clásico Fausto de Johann Wolfgang von Goethe, traducido por Helena Cortés Gabaudan y editado por Abada Editores.

Para aquellos menos doctos en la materia que nos ocupa, explicaré que una edición bilingüe es aquella que presenta tanto el texto en idioma original —en las páginas impares— como su traducción —en las páginas pares— de modo que vemos los párrafos de TO y TM alineados.

No sé muy bien por qué, siempre me han fascinado las ediciones bilingües. Supongo que será porque en el mismo volumen se ven original y traducción y ésta no pretende substituir al TO en la cultura meta, ambos coexisten sin mayor problema.

En nuestro país hay una ingente cantidad de literatura traducida, pero encontrar ediciones bilingües no es tan fácil. Normalmente, las obras que se presentan en este formato suelen ser grandes clásicos de la poesía y el teatro —yo misma, admiradora de estos volúmenes, sólo tengo, además de ésta de la que vengo a hablarles: Poeta en Nueva York, de Lorca, y La divina comedia, de Dante Alighieri—.

Este tipo de ediciones no suelen ir dirigidas al gran público. Seamos sinceros, por muy bonito que sea, si no se tiene ni papa de alemán (en este caso), tener el original junto a la traducción es un tontería; y, del mismo modo, si se comprende el idioma original ¿por qué buscar la traducción? Pues bien, el receptor prototípico de una edición bilingüe sería, por ejemplo, alguien que conoce ambas lenguas y está interesado en estudiar la obra original. De hecho, se conoce como traducción erudita o anotada a aquellas traducciones que presentan comentarios filológicos o históricos (Hurtado, 2001).

Después de pensar un rato, he llegado a la conclusión de que el hecho de que se presenten ambos textos de forma conjunta puede plantear un problema al traductor a la hora de elegir las estrategias para llevar a cabo el encargo, ya que el receptor ideal de la edición será muy exigente con el producto final de la traducción. Lo mismo ocurre en otras ocasiones en las que podemos acceder a los dos textos —origen y meta— al mismo tiempo, como en el caso de los subtítulos. ¿Cuántos de ustedes han puesto el grito en el cielo al comprobar que lo que se decía en pantalla era algo diferente a lo escrito en los subtítulos? Apuesto a que unos cuantos. Por esta razón, los subtítulos suelen ceñirse mucho al TO; y lo mismo ocurre con esta edición de Fausto.

Como toda traducción de estas características, va acompañada de un largo prólogo en el que se explican las decisiones tomadas a la hora de traducir el libro. Una de ellas es esa búsqueda de «la fidelidad más absoluta a la letra», la traducción literal, el literalismo; métodos traductores que, según nos han enseñado, debemos mirar con suspicacia. Además, esta obra tiene la gran dificultad de estar prácticamente toda rimada y con diferentes estilos, que Goethe no eligió de forma aleatoria. Es decir, los diferentes estilos expresivos se adaptan a los personajes y las escenas —pero, ojo, no se crean que todos los lectores alemanes se dan cuenta de esto— por lo que podemos encontrarnos con tercetos encadenados, versos de obra menor, trímetos griegos… Así mismo, en esta edición se ha intentando cuidar la máximo esta característica, incluso buscando no faltar a las alternancias y encadenamientos de las rimas: ab–ab, aa–bb, abc–abc…

Cuantas más vueltas le doy, más me asombro. Sólo puedo decirles una cosa: señores, me quito el sombrero ante los traductores que persiguen plasmar la riqueza plástica y estilística de los textos originales, aunque parezca a priori una tarea más difícil que la del transvase del contenido. Sin duda el traductor se convierte en poeta. Y hasta aquí mi reflexión.

Pasen una buena tarde y disfruten, que mañana ya es laborable.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

Mortífagos, serpientes y más


Este verano he descubierto que cuando ves una película de Harry Potter en inglés ¡TODO EL MUNDO TIENE ACENTO BRITÁNICO! Y claro, ahora que lo pienso así fríamente, tiene sentido... pero ustedes tendrían que haber visto mi cara al poner HP5 el otro día.

Y es que hoy vengo a hablarles de una traducción que me fascina hasta llevarme al infinito: la del nombre de los seguidores de Voldemort, los mortífagos.

Y es que el de mortífago es un término que me lleva a lo más alto sin siquiera tener que tocarme. Fíjense ustedes que la razón del nombre en custión la encontramos en Harry Potter y el cáliz de fuego, en el que tiene lugar una asamblea convocada por Voldemort en la que, así como muy místicamente, como a él le gusta, el Señor Tenebroso deja caer la siguiente perla: «Vosotros conocéis mi meta: conquistar la muerte».

El sentido de los mortífagos, de los Death Eaters, remitiría, entonces, a la actitud de los magos tenebrosos frente a la muerte, algo que deben superar, abolir, «devorar». Además, fíjense en el hechizo que hace El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado para reunir a sus huestes: Morsmordre, una voz francesa que literalmente significa “morder la muerte”.


Y los traductores, a quienes no se les escapan estas cosas, crean una palabra nueva para designar algo que en la vida real no existe. Y no lo dejan en inglés y le meten una cursiva, no (como ocurre con muggles, o con squib), sino que con dos cojones recurren a raíces léxicas del latín y del griego y crean un neologismo que lo flipas digno de entrar en el DRAE (sobre todo si tenemos en cuenta que existe almóndiga). De esta manera utilizaron el sustantivo latino mors, mortis («muerte») y los afijos -phăgus y -φάγος que significan «comer», «devorar».

Sublime. Erótico. Fantástico. Lingüístico.


Harry Potter ha tenido cuatro traductores en total, pero esto ya se lo cuento otro día. Hoy sin en cambio les hablaré un poquito de los creadores de este neologismo. Exceptuando el primero y los dos últimos libros de HP, son Nieves Martín Azofra y Adolfo Muñoz García los responsables directos de la criatura.


Qué quieren que les diga, pero esto de traducir en parejas lo veo yo pelín complicado, porque básicamente no tengo muy claro yo el proceso: ¿cómo lo hacen? ¿se sientan juntos y discuten? ¿traducen y ponen en común? ¿y pueden mantener el mismo estilo en todo el texto si son dos personas traduciendo? Y la respuesta ha de ser que sí, digo yo, porque el resultado es una maravilla.


Nieves Martín Azofra nació en 1957 (tiene 53 años, cotillas). Es licenciada en Filología Inglesa por la Universidad de Salamanca y catedrática de Lengua Inglesa. Durante 20 años ha estado dando clase y participando en congresos y esas cosas que a los catedráticos les gusta hacer. Ha impartido varios cursos de traducción (el más importante de ellos, el que dio en la Universidad de Westminster de Londres)


Por su parte, Adolfo Muñoz Garcia nació en León, allá por 1964 (46 años, que aquí o lo sabemos de los dos o no lo sabemos de ninguno). Como curiosidad les diré que es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de la coqueta localidad de Valencia y que en estos momentos está de excedencia voluntaria. Y además es crítico literario, oigan, aunque escribe bajo el pseudónimo de Garcimuñoz.


Y hasta aquí mi incursión en la magia oscura, por muy de Slythering que yo sea. Les prometo que otro día continúo con las dos traductoras más que ha tenido la saga, que sabe Dios que tengo bastantes cosas que decir sobre ambas, muajajajaja.

Les dejo con un traductor a lengua pársel, una lengua muy presente en las mujeres de mi familia y en mí mismo, que somos todos muy víboras. Y tengan en cuenta que el pársel lo ofrezco como lengua de trabajo, que tengo vídeos que lo demuestran.

viernes, 2 de abril de 2010

28 + 3 = 31

Hace mil que no escribo, cosa que les dará francamente igual porque básicamente no hay nadie que lea lo que a mí se me pasa por la mente en traducción. Así que no voy a perder el tiempo en lamentarme y en pedir disculpas y me centraré en lo que les vengo a contar.

Hoy vengo a hablarles de El Principito, como lo oyen. Y no me lo agradezcan a mí, agradézcanselo a mi mejor amiga, creo, que es la que me ha pasado el link con artículo.

Al grano. Va y resulta que Saint Exupéry parece que tuvo un pequeño error cuando escribió el cuento en cuestión. Si lo recuerdan, el Principito viaja al Planeta número 4 para encontrase con un hombre de negocios que hace sumas de forma compulsiva. La relación de sumas a las que, como lectores, tenemos acceso es: 3+2 = 5, 5+7 = 12, 12+3 = 15, 15+7 = 22, 22+6 = 28, 26+5 = 31. Como verán, cada suma comienza con el resultado de la anterior; y, como seguirán viendo, la regla se viola en la última suma. ¿interesante, eh?

Pues se conoce que el traductor, hábil y perspicaz, solucionó el pequeño problema, y de ahí que en la traducción española la última suma se reduce a 28 + 3 = 31.

Como vemos, se trata de un caso más de intervención del traductor, con premeditación y alevosía. Y sin embargo la anécdota esconde un dilema enorme que azota la profesión desde hace milenios. ¿Qué es la fidelidad en traducción?

La pregunta aquí sería, ¿ha obrado bien el traductor al modificar el texto origen o debería haberlo dejado como estaba? Y a esto, señores, no tengo respuesta, porque a cada cual que le pregunto me sale con una nueva. Si atendemos a la lógica de la estructura narrativa, vemos que el personaje es un hombre cuya vida se basa en hacer sumas, es un hombre de negocios, es un contable. Y, díganme, ¿cómo va a equivocarse alguien que hace sumas durante las 24 horas del día? ¿Hola? ¿Es entonces un error del autor?, me dirán. Pues a todas luces parece que sí, ¿no? ¿o no? Pues no lo sé. Porque al releerme el capítulo entero resulta que el hombre de negocios confiesa que en toda su vida sólo le han molestado tres veces, y el Principito es la tercera. ¿Y si deliberadamente el autor marca eso mismo a través de un error en la secuencia lógica de las sumas? ¿Hay alguna intencionalidad ahí? Nunca lo sabremos.

Si les doy mi opinión, yo hubiera hecho igual, hubiera optado por la traducción (mi editor mediante) pero vamos, que de todo hay en la viña del Señor.

Esta anécdota, y otras más, está incluida en el artículo Las matemáticas de la literatura de Marta Macho Stadler. Lo encontrarán en Un paseo por la Geometría, DivulgaMAT 2006-2007.

Que disfruten las Pascuas.